REFLEXIÓN POR SEMANA SANTA

De los Beatles a Madonna y Rosalía: cuando la religión se convierte en pop

Música y religión han mantenido una relación profunda e histórica por la que la primera funcionó a menudo como herramienta sacra de comunión colectiva y conexión con una realidad superior. Cuando en el siglo XX la música pop explotó como fenómeno mundial profano, el vínculo no desapareció, solo se transformó.

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Madonna en 2018 | Kevin Mazur / MG18 / Getty Images para The Met Museum / Vogue

Javier Herrero

EFE

Madrid 02/04/2026 12:23

Del catolicismo al hinduismo, del pop a la bachata o el folk, el deseo de trascender se ha materializado en estos años en casi tantas formas como confesiones religiosas y estilos musicales hay, con ejemplos como los siguientes para quien quiera vivir una Semana Santa espiritual pero diferente, a veces contestataria, sin recurrir a las saetas como banda sonora.

13 artistas, 13 canciones

Entre los grandes inventores de la música moderna, los Beatles, especialmente George Harrison se caracterizó por su perfil más metafísico, sobre todo cuando viajó a La India e hizo que The White Album (1968) respirara esa vibra, que fructificó en su primer disco en solitario dos años más tarde con un tema como My Sweet Lord, contra el sectarismo religioso.

No mucho antes, en 1965, The Byrds habían publicado Turn! Turn! Turn! (To Everything There Is A Season), a partir del canto a la paz del célebre músico de folk Pete Seeger, que para componerlo utilizó frases del libro de Eclesiastés. Como curiosidad, hace casi 30 años su autor donó buena parte de las regalías a una organización contraria a los asentamientos ilegales en suelo palestino.

Incluso el contestatario e inconformista Bob Dylan tuvo una etapa de fuerte pulso religioso. Fue a finales de los 70, cuando se convirtió al cristianismo evangélico y publicó discos como Slow Train Coming (1979), que, con el Antiguo y Nuevo Testamento como referencia, hablaba en 'Gotta Serve Somebody' de la renuncia a la riqueza para poder servir solo a un dios.

Unos tres años le costó a Leonard Cohen escribir Hallelujah, en la que utilizó símbolos judíos para hablar sobre la grandeza y las penurias del amor. Con su voz cavernosa la publicó en 1984, pero adquirió notoriedad sobre todo a partir de la versión con más aire que realizó Jeff Buckley diez años después, a la que siguieron decenas más, algunas forzando su dimensión como alabanza religiosa.

En un álbum ya de fuertes resonancias religiosas desde el título como The Joshua Tree (1987), U2 —la banda mesiánica por antonomasia— incluyó la catártica Where The Streets Have No Name. En pleno conflicto en Belfast entre católicos y protestantes, donde nacer en una calle u otra determinaba un bando, habla de alcanzar un paraíso sin esas delimitaciones.

Si el sexo fuese una manera de alcanzar un éxtasis místico, la canción que le pondría melodía sería Like a Prayer de Madonna, que se lanzó en 1989 junto con un polémico videoclip que le costó la condena del Vaticano. La artista quiso rebelarse contra las ideas de tabú o pecado que a ella, criada en el catolicismo, la habían hostigado, confrontando una visión de libertad sexual y redención.

En el último disco con material inédito hasta la fecha de Billy Joel, River of Dreams (1993), la canción que le daba nombre se convirtió en uno de sus grandes éxitos. Con elementos del góspel, como el coro, "un hombre que nunca ha sido espiritual" habla sobre sus dudas acerca de la vida y la muerte a partir del Salmo 23:4: "Aunque ande por un valle sombrío de muerte, no temeré mal alguno".

Frente a la idea del pecador de nacimiento, Joan Osborne cuestionó en 1995 qué pasaría si la noción de divinidad reposara en todas las personas. "¿Y si Dios fuese uno de nosotros? / ¿Y si fuese un vago como nosotros? / ¿Un extraño en el autobús de camino a casa?", cantaba en One of Us, propuesta más cercana a la visión budista o del buen samaritano que le procuró amenazas de muerte de grupos conservadores.

Una oración que llegó al número 1 en muchos países en 2002 y que surgió de una manera mágica incluso para su autor, el colombiano Juanes, fue A Dios le pido. No pensaba en nada concreto cuando, guitarra en mano y en medio de un viaje en autobús, comenzó a surgir como una manera de pedir por el bienestar de su familia y del mundo, entre el vallenato, la música huasca y el rock.

Dice el dominicano Juan Luis Guerra que sus bachatas llegan por intermediación divina, especialmente a partir de 1998, cuando en medio de un vacío existencial por el éxito desmedido le hizo sentir "la llamada de Dios" y comenzó a publicar discos de temática cristiana. De ellos salió en 2004 Las avispas, sobre la confianza en el futuro bajo la protección de una entidad superior.

Una visión muy contraria al dogma ortodoxo es el que propuso en 2012 el irlandés Hozier en Take Me To Church, tema entre el rock y el soul sobre el amor entre dos hombres, una relación que trasciende el alma como haría la religión y que desafía la "hipocresía" de la Iglesia católica.

Sufjan Stevens exploró el sentimiento del duelo en su aplaudido disco Carrie & Lowell (2015). Impulsado por la muerte por un cáncer de su madre, con la que había tenido una relación distante y difícil, el estadounidense canta sobre la aceptación y la importancia de no reprimirse para sanar en la delicada Should Have Known Better, que acaba con un hilo de esperanza a través de la continuidad de la vida.

Todo LUX (2025) de Rosalía es una reflexión sobre los sinsabores y decepciones con el mundo material y los ídolos vanos a la búsqueda de una fuerza realmente merecedora de confianza. Animada a construir su propia aria compuso Mio Cristo Piange Diamanti, sobre una inspiración benévola capaz de transformar el dolor y la fragilidad en algo bello y poderoso, con un final de escalofrío.